Dios era humano

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La opinión de Paul Christian (@PaulCCR)

Incluso alguien por el que se fundó una Iglesia con su apellido puede morir. Aunque no fue su mortalidad su característica más humana, sino su capacidad de errar, esa misma que le convirtió en un dios griego vendido a los placeres y vicios terrenales de los que disfrutó sin bajar del Olimpo. Esa misma que ahora muerto hace que el vulgo se reúna en la plaza del pueblo de las redes sociales a desprestigiar su memoria, también sus pecados le han hecho inmortal. Cualquiera puede morirse y que todo el mundo hable bien de él, pero Maradona no era cualquiera.

Lo fácil es querer ser como Beckham, pero para que existieran las superestrellas pop del fútbol primero tuvo que nacer el primer futbolista deidad. Como cualquier niño empezó imaginando que los campos de tierra en los que jugaba eran grandes estadios de primera, un día el barro se convirtió en el césped de La Bombonera. La vida del Diego es una película de Hollywood que todavía no se ha rodado.

Divinamente y cargando con el rencor de una nación derrotada dejó a seis ingleses por el camino para continuar el suyo particular que le llevó a levantar una Copa del Mundo solo, en la privada soledad del gentío. «Olviden las Malvinas» contaba Valdano que les aconsejó Bilardo en la charla de antes de la semifinal. «Vamos, que estos nos mataron a nuestros pibes» gritó Maradona en el túnel justo antes de saltar al campo. Ganar un Mundial es ganar una guerra por otros medios, o por lo menos para Argentina lo fue. Reconstruyó la moral de un país pegándole patadas a un balón, para que luego digan que el fútbol son sólo veintidós tíos corriendo detrás de una pelota. En el caso de la Argentina del 86 era uno, los otros veintiuno miraban. ¿Qué cómo lo sé si todavía no había nacido? Me lo han contando como se cuentan las grandes historias, de generación en generación.

Se le elevó a los cielos y se le exigió ser un modelo de conducta, como si un jugador de fútbol tuviese que ser ejemplo de algo más a parte que de jugar al fútbol

Era argentino, sí. Pero por sus venas indudablemente corría sangre mediterránea. Y ciudades más mediterráneas que Nápoles, pocas. Amor a primera vista. La altanería napolitana fue con la que vivió el Diego toda su vida. En el norte de Italia habría más dinero, pero en el sur había sol, gente de sangre caliente como él y descampados con dos porterías sin redes como en los que creció. Se coronó rey de la ciudad. Como no había dinero para construir palacios como se hizo para la otra gran dinastía, los Borbones, se le construyeron santuarios por las esquinas. Entre calle estrecha y calle estrecha un altar con velas y su cara pintada en un muro de piedra. El templo le llegó póstumo, San Paolo ha perdido la beatificación, no ganó Maradona dos Scudettos por su ejemplaridad. El norte de Italia mordió el polvo que se sacudía el Pelusa de las botas. Se le daban bien las revoluciones sociales, y sin fusilar, no como su amigo Castro.

Cargó con el honor de una nación sobre sus pies y sus pies se movieron ligeros como una pluma, como si la responsabilidad no pesara, porque no era su responsabilidad por mucho que la llevara encima. Se le elevó a los cielos y se le exigió ser un modelo de conducta, como si un jugador de fútbol tuviese que ser ejemplo de algo más a parte que de jugar al fútbol. Fue ejemplar en lo que debe ser ejemplar un futbolista, en hacer ganar a sus equipos. Lo demás forma parte de su condición humana, esa que nosotros le arrebatamos porque simplemente era el mejor dando patadas a una pelota.